lunes, 14 de diciembre de 2015

Ella y su realidad.

Hacía cosas que los demás no entendían. Esperaba a que el semáforo se pusiera en rojo para cruzar, jamás llevaba su reloj puesto en hora, sus calcetines rara vez conjuntaban el derecho con el izquierdo. A veces, y solo en contadas ocasiones, desayunaba por la mañana porque la mayoría de los días lo hacía por la noche, justificándose a sí misma que esa era una forma de disfrutarlo más.
Era incomprensible que se pasara el día sonriendo, invitando a los demás a hacer lo mismo. Exigiendo, incluso, que todo el mundo debía ser feliz aunque no tuviera motivos. Y que luego, al oscurecer, cuando ya no se podía ver más el sol y la luna se adueñaba de todo, sus comisuras descendieran sin más, los parpados a cada minuto se hacían más pesados al igual que la carga que portaba a su espalda.
Era insólito que viviera sola, con la única compañía de su gato siamés el cual era un chaquetero, un interesado que sólo aceptaba los mimos cuando necesitaba comer. Pero qué se puede esperar de un felino. Afirmaba día tras día, palabra por palabra, que tener compañía de otro ser humano era lo mejor que le podía pasar a una persona. Que lo más magnifico de la vida era compartir los momentos de ésta con alguien a quien aprecies. Sin embargo, ella vivía sus momentos, o simplemente los sobrevivía. Pasaban por delante de ella como un tren por la estación en la que no tiene parada. Y no tenía a nadie con quien repasar recuerdos, reírse de experiencias.
Decía, a quien pasaba por su lado, que estudiar era lo mejor que nos podía pasar. Aumentar nuestros conocimientos nos haría crecer como personas. Como gente sana y preparada para todo tipo de obstáculos. Pero ella se negaba, cuando traspasaba la puerta de su desolado apartamento, lo último que quería hacer era abrir un libro repleto de palabras técnicas, suspiraba, bufaba y blasfemaba. Mandaba al infierno a quien quiera que se le hubiera ocurrido la tremenda idea de escribir un libro sobre cosas que probablemente al siguiente año serían diferentes. Cosas que no nos ayudarían a sobrevivir si de un apocalipsis zombi se tratara. Estupideces que ella no las veía ni del derecho ni del revés. Pero aún así, a la mañana siguiente, volvía a llenar su mochila con todos esos libros que yacían esparcidos por el suelo del salón, como si fueran hojas en otoño, ponía su mejor sonrisa y se decía a sí misma que estaba dispuesta a decirle a los demás que estudiar era lo mejor que nos podía pasar.
Ella era una farsa. Era insolente consigo misma, en la calle era una persona completamente distinta, con principios diferentes a los que tenía cuando estaba entre sus cuatro paredes floreadas, con una actitud hacia la vida completamente contraria a cuando se encontraba rodeada por su gato, con palabras que a la noche se convertían en ofensas y que nadie era capaz de escuchar. Nadie excepto ella.
Ella, que creía que los demás eran iguales. Ella que se negaba a creer todas las sonrisas que recibía por la calle. Ella, que fingía no darse cuenta de las falsas oraciones dirigidas hacia los demás por gente que no guardaba dentro de sí mismos un ápice de bondad. Ella, totalmente abandonada a su suerte, aprendió por sí misma que el mundo está lleno de gente falsa pero que aún así nos creemos cualquier cosa que nos dicen. Sabía la reacción que tenían los inseguros ante las palabras de los demás, sabía que si alguien era capaz de auto-infligirse porque le habían dicho algo malo, también sabría salir adelante si alguien le apoyaba. Daba igual que fuera un desconocido, daba igual que no se volvieran a encontrar. Y por eso, ella, vivía todos los días para conseguir que los demás, que todos los transeúntes sin destino a los que se encontraba pudieran replantearse un par de cosas.
Soñaba cada noche que las frases falsas, estúpidas y bien preparadas delante del espejo, hicieran su trabajo, soñaba con que aquellas personas que le habían puesto mala cara al ver que se dirigía a ellos, habían hecho un cambio en sus miserables vidas para conseguir algo que sabían que querían pero no se atrevían a intentarlo. Suspiraba en lo más profundo de su ser porque cualquiera de ellos hubiera empezado a estudiar lo que tanto quiso alguna vez. Rezaba a ningún dios en concreto porque ellos supieran compartir los momentos que ella vivía en soledad. Imploraba porque ellos fueran felices aunque no tuvieran motivos, o incluso porque ella fuera el motivo.

Y después de todo, volvía a su realidad. Una en la que estaba rodeada por la nada, una en la que ni ella misma se creía sus falacias. 

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